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Damaris Sayas Gómez

Desde niña, Damaris escuchaba a sus abuelas cantar tamboras en los patios y salas de Tamalameque. Creció entre voces de matronas —Vicenta Miranda y Pilar Cadena— que el pueblo llamaba para cualquier fiesta importante. Ella quería ser bailadora, no cantadora, pero el semillero del grupo Los Hijos de Chaulo la fue acercando, poco a poco, a la voz que hoy sostiene la tradición.

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Cantos de porvenir y memoria del río

La voz en la tradición de las tamboras se erige como una geografía política y afectiva que reclama su lugar en el continuo temporal del Caribe. Al deconstruir la estructura melódica de estos cantos, advertimos una circularidad estética que trasciende la técnica: el estribillo convoca la participación colectiva e instituye un rito eterno que calca el flujo cíclico y ondulante del agua sobre la ribera del Magdalena. En la voz de Damaris, esta relación ontológica entre el cuerpo y el territorio ribereño sugiere que la cantadora habita el espacio como un sismógrafo lírico, capturando con una precisión casi mística las tensiones ambientales, las cicatrices sociales y la resiliencia de la región. Así, el canto brota desde una matriz de memoria hídrica donde el territorio habla a través de la vibración orgánica y poderosa de la mujer. Se trata de una poética de la existencia donde cada modulación vocal es un acto de soberanía territorial, transformando el aire en un testimonio vibrante de pertenencia y de resistencia cultural frente al olvido sistémico que acecha a las comunidades del río. Esta expresión vocal, anclada en la ancestralidad, funge como un puente donde el sonido se hace carne y la memoria se hace música, estableciendo una dialéctica inquebrantable entre el pulso vital de la intérprete y el latido del barro. En este ejercicio de trascendencia, la voz de Damaris es arquitectura sonora que sostiene toda una cosmovisión frente a las borrascas de la modernidad.

Desde una lente epistemológica caribeña, el 'canto de porvenir' opera como una sofisticada tecnología de la memoria y un dispositivo esencial de resistencia cultural. Constituye como una praxis biosociológica profunda donde el cuerpo de la cantadora deviene territorio en constante disputa simbólica. En esta semiótica del río, cada verso entonado representa una negociación dialéctica frente a la hegemonía histórica; la cultura riana, a menudo invisibilizada por los relatos centrales, instituye en la tambora un auténtico parlamento sonoro y una cartografía de afectos compartidos. La voz aquí debe comprenderse como un archivo vibrátil, denso y polifónico que habita un tiempo no lineal: el futuro se canta con urgencia para asegurar la preexistencia ontológica del ancestro. Esta soberanía lírica trasciende la rigidez de la notación musical para transformarse en un acto de resistencia política, donde la respiración colectiva y el pulso telúrico del cuero garantizan que el eco de las matronas de Tamalameque permanezca como una pulsión vital e irrevocable frente al olvido. Es, en última instancia, una manifestación sublime del ser ribereño que reclama su derecho inalienable a la permanencia y a la reinvención constante a orillas del Magdalena, convirtiendo el lamento en un horizonte de posibilidades infinitas y el ritmo en una armadura metafísica contra la erosión del tiempo histórico. En este fluir, el canto se erige como la brújula que orienta la dignidad de un pueblo.

Festival Tradicional de Tamboras y Danzas de Chimichagua

La voz de Damaris en Chimichagua transmuta el canto en un testamento sonoro de la identidad y la memoria del río Magdalena.

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“Hoy canto porque sé mañana, otros cantarán por mí, por el ayer véanme aquí con mi cultura riana”. Esta estrofa no es solo el centro de una canción, es una cartografía de la resistencia. Funciona como un archivo vivo donde la voz se reconoce como un eslabón en una cadena de afectos y memorias que no se rompe con el paso del tiempo. La afirmación de la cultura riana —esa identidad forjada en el movimiento del agua y el pulso del tambor— se proyecta desde el presente hacia una posteridad que garantiza la permanencia del territorio a través del arte. En la voz de Damaris, estas palabras adquieren una dimensión de memoria intergeneracional. Cantar es aquí un acto de generosidad y de entrega; es saber que la propia voz es el eco de las abuelas y, al mismo tiempo, la semilla de las voces que vendrán. Es entender que la cultura ribereña no reside en los museos, sino en el aire compartido de una tarde de festival, en la fuerza de la tambora que reclama su lugar en la historia y en el derecho soberano de habitar el ayer y el mañana desde la orilla del río.

Poemas del río y del cuerpo

I. Herencia de la voz

Yo quería los pies
la falda abierta
como un remolino de tierra
La guitarra se quedó
en la puerta de las tardes
cuando el maestro dejó de volver
Nadie nombra
la silla vacía del ensayo
Me entregaron su silencio
y lo volví garganta.

III. Clamor del río

El río adelgaza
entre nuestras manos
como una vena abierta
A veces sube
hasta los patios
y es un grito que nos busca
Despierta, dice
soy la constancia
que ustedes desangran
Al atardecer
le devuelvo un canto
para que no se olvide de sí.

IV. Refugio

En los años del fuego
la tambora fue una casa
sin paredes
Cantábamos
para que la muerte
nos oyera respirar
Aquí estamos, decía la voz
con la boca llena
de tierra
El arrullo de las abuelas
volvía a dormir
a los niños del miedo.

II. Matronas

En la sala de la casa
las abuelas tejían
un tiempo más largo que sus cuerpos
Ciento cinco años
de tambora
en los huesos
Aprendí escuchando
como aprende el agua
la forma del cauce
Sus voces me habitan
sin pedir permiso.

Donde el agua ría

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