Otilia “Oty” Ramos Noriega
Cantadora de Gamarra e integrante de la Fundación Cultural El Chandé, Otilia “Oty” Ramos Noriega creció viendo bailar y cantar a su madre, Cecilia Abuabara, matrona del río. Primero entró como bailadora; luego, casi a la fuerza, asumió la voz principal cuando faltó una cantadora para ir a un festival. Desde entonces, su canto sostiene una línea de mujeres que han liderado el movimiento cultural del pueblo.

Comunidad afectiva
El Chandé funciona como una familia ampliada, allí cantan su esposo, su hija Salomé, Mildred y “los muchachos” que completan el grupo. Oty se asume como matrona, maquilla a las niñas antes de cada presentación, organiza los detalles y cuida que la tradición no se rompa. En cada círculo de canto, la casa y el escenario se confunden; la comunidad se reconoce en la voz que las convoca.
Territorio sensible
El muelle de Gamarra, la playa del sordo y los playones de las ciénagas son los lugares donde Oty respira, recuerda y compone. Allí el río es hermoso y lleno de vida, pero también es el mismo que ha inundado casas, destruido sueños y llevado cuerpos río abajo. Esparcir las cenizas de su madre en el Magdalena convirtió cada visita a la orilla en una conversación con ella, cuidar el río es, también, seguir cuidándola.
Memoria y violencia
Oty recuerda los años en que por el río bajaban cabezas, cuerpos y letreros de amenaza, y el miedo de los festivales marcados por la presencia armada. Junto a su grupo creó la puesta en escena “Vaivenes del río”, donde las muertes, las inundaciones y las alegrías se cuentan cantando. Así, la memoria de la violencia se transforma en relato compartido y en llamado a seguir vivos.

Eco de su historia

Voz de sus ancestros

Ritmo de su piel
Suena su reflejo
Escucha las canciones que Oty canta con su voz propia, melodías que la nombran y la sostienen en cada paso por la ribera. Son versos que habitan su memoria y la acompañan como un latido vital al caminar junto al río.

Melodía que la habita

Sonido que la nombra

Canto que la define
Esta cartografía visual despliega una ontología profunda del Magdalena, comprendiendo que la imagen es la extensión plástica de un territorio lacerado y a la vez infinitamente fértil. En este umbral estético y político, el cuerpo de Oty se erige como un archivo vivo, una geografía somática donde la voz se transforma en el testimonio material de una estirpe de mujeres del agua. Aquí, la memoria es un vaivén líquido que disuelve las fronteras entre el dolor personal y la catarsis colectiva, entre la flor que brota en el muelle y el fango que custodia, en un silencio denso, el secreto de los cuerpos ausentes. Cada fotografía capturada y cada gesto captado son piezas de una dialéctica de resistencia lórica; son actos de sacralización de la cotidianidad frente a la corriente implacable del olvido histórico. Al observar este rostro surcado por el sol y este traje que ondean como banderas de identidad, asistimos a una cartografía de afectos y heridas. Es la voz de la cantadora la que ancla la esperanza en el presente, mientras el río, en su fluir eterno y a veces violento, intenta procesar los fragmentos de una historia nacional marcada por la orfandad. En última instancia, esta sección nos sumerge en la poética de quien, al nombrar el agua, recupera la dignidad de la vida para el porvenir. Se trata de entender el canto como un ritual de reparación, donde el cuerpo de la mujer es el puente que une la ceniza de los ancestros con el aliento de las nuevas generaciones, haciendo que el Magdalena sea, finalmente, un lugar de encuentro y no solo de despedida.

¡Magdalena! Hiedo a agua orfandad. La voz de Oty, ¡ay!, rasguña el lomo de un tiempo que se nos desmadra sin regreso, cociendo el dolor hueso a hueso en la garganta del río. Jamás, jamás, el oleaje vuelve, pero el canto se queda aquí, sangrando esperanza en el barro.
Poética del río y del cuerpo

Pétalos que pesan, ¡ay!, como el hierro de los días mudos. En la orilla, la garganta de las cantadoras dobla el grito del lignito humano, y la flor, esa pobre huérfana del barro, hereda el golpe seco de tanto trajín. Mujer, tu voz astilla el hueso del horizonte.

Lleva Oty un terrón de muerte entre el hombro y el alma; canta el hueso, hiede el agua a su paso de tierra que sangra. El territorio es un tajo en su vientre, un grito quebrado por la historia de los que cayeron.

Muge el mañana, roído por la costura de un agua ciego, donde el tiempo zurce su propia orfandad a punta de herencia y barro hambriento. Ay, el canto que nos nace zurdo, rompiendo el alma con una esperanza de vidrio, mientras los dedos heredados hilvanan, en el revés de la existencia, un porvenir que apenas si se atreve a ser párpado y grito.

Mañana, ¡ay!, qué río lumbar nos nace del pecho; Oty rompe el nudo del agua amarga para que el porvenir, ese animal sin dueño, sea al fin un destino herradura, ancho y quebrado para el alma humana.