
Milexi Martínez Chiquillo
Nacida bajo el cielo de San Bernardo, Cesar, Milexi Martínez Chiquillo es una hija legítima del Magdalena, cuya infancia transcurrió entre el rumor del agua y el eco de los coros parroquiales. Sus pies aprendieron primero el lenguaje del barro a través de la danza en el grupo de Elia Barraza, antes de que su voz floreciera en la tambora. Aunque el canto no fue una herencia directa de sangre, lo bebió de la escucha atenta a los mayores y del pulso vital de su territorio. Su madurez artística se templó en festivales y procesos comunitarios, donde descubrió que la música es un escudo contra el olvido. Como actual gestora de La Original, Milexi convoca la historia de sus abuelos para que no se ahogue en la corriente. Para ella, cantar es un acto de amor y resistencia política: una brújula de identidad para su hijo y los jóvenes de su comunidad, asegurando que el porvenir preserve el aroma del río y la fuerza de sus raíces.

“Que viva la muda de la tambora, que es mi mamá”
Comunidad afectiva
En la obra de Milexi, la comunidad es un organismo vivo de afectos. En la íntima escena donde invita a su hijo a pregonar que la tambora es su madre, ocurre una iniciación poética, el canto se vuelve una matriz de cuidado. Aquí, la vecindad trasciende la proximidad física para configurarse como una red de protección donde familia, amigas y jóvenes comparten el aire y la memoria. La transmisión intergeneracional se da en ese gesto pedagógico y amoroso, donde el verso heredado es el cordón umbilical que une al pasado con el porvenir. El canto se manifiesta así como un proceso comunitario vital, un refugio político donde la voz del individuo desaparece para integrarse en un murmullo colectivo que sostiene la vida a orillas del río.
Territorio sensible
Para Milexi, habitar el territorio es dejarse atravesar por la corriente del Magdalena, ese río-archivo que guarda los dolores y los cantos de su gente. En su entrevista, ella describe cómo el agua fluye desde el respeto, lo que fue temor infantil al cruzar la orilla, hoy es el paisaje sonoro que dicta sus versos desde el mirador de La Gloria. Este territorio sensible se inscribe en su cuerpo en cada festival y en cada espacio cotidiano donde canta, transformando su voz en un hilo de conexión generacional. Al cantar con su hijo, ella siembra en la memoria colectiva un futuro que no olvida sus raíces, convirtiendo el rumor del río en un testimonio vivo que trasciende el tiempo y el olvido.
Poemas para Milexi
I
Apagón
Cuando la luz se iba
el tambor encendía
la calle
Cuerpos amontonados
en la boca de la noche
sudando un fuego sin mecha
La oscuridad aprendió
a tener pulso
Nadie vio los rostros
todos oyeron
que seguían vivos.
II
Mirador
Desde la altura de La Gloria
el agua baja
con prisa de despedida
Una boca de ceniza
la espera
al final de su nombre
Quien mira el río
se vuelve cauce
de otra canción
Todo lo que se va
deja en la orilla
un verso mojado.
III
Saludo
En la esquina
un niño tararea
el mar
Ella pasa
y su nombre
se deshace en espuma
La calle la reconoce
por el oleaje
que dejó en las gargantas
Hay cuerpos que ya son
estribillo.
IV
Felina
Del monte bajó
el tigre de su rostro
con los ojos intactos
La burla quiso
arrancarle el color
como se arranca una corteza
La piel no cede
es la madera
donde suena el tambor
Rugido o canto
la misma herida
convertida en música.
